Carencia del ejecutivo a inicios del siglo XXI

Pero ¿qué podría faltarle? Si esta mujer u hombre es sobreviviente.

Aguantó los últimos años de la crisis del siglo XX, las dos décadas del empoderamiento y acción de los movimientos sociales (1990-2010), navegó en medio de los cambios provocados por medios digitales y la revolución del consumo que traen consigo (cuando hay velocidad de internet, claro está) y ha liderado en la bonanza, ahora menguante.
Además, son todos hijos de la más férrea mentalidad tecnócrata. Fueron alumnos o leyeron varias veces los libros de los gurús del nuevo marketing y administración. Sus habilidades fueron potenciadas e impusieron la esclavizante moda de coleccionar maestrías y otros tipos de posgrado.
La mayoría pertenece a una de las primeras generaciones a las que la política les provocaba poco o nada de cosquilleo en el estómago, les era casi indiferente o le tenían un hondo resentimiento por ser hijos del exilio o de perseguidos políticos. Gente que prefería lidiar con números o arte alejado del discurso político y que buscaba rodear su actividad y pensamiento de elementos objetivos. Y todo aquello que no se pudiera probar y no fuera tangible se desechaba.
Poco duró la era de la objetividad. Ni bien estos jóvenes profesionales habían roto el cascarón y se lanzaban al mercado laboral, llenos de nuevas ideas y formados por las mejores escuelas de administración y gestión, las crisis sociales y políticas comenzaban a estropearles su carta de navegación.
Y como creyeron que el vendaval de la participación ciudadana pasaría, tomaron el evento como eso, tan sólo un evento. Pasó el tiempo y el evento se hizo crónico y así se crearon puestos extraños para la tecnocracia, aquellos que gestionaban intangibles. Primero la Responsabilidad Social Empresarial, a la cual le pusieron antes que políticas y valores, métricas para saber si resultaba o no. Las relaciones institucionales al inicio sirvieron sólo para apagar incendios y siguieron los asuntos públicos y otros.
La buena noticia estaba en que ya se institucionalizaban cargos para gestionar lo que no era tangible. La mala noticia era que se pretendía pensar esa gestión desde la razón pura. Así los temas que debían relacionarse con ética empresarial, comportamientos y gestión de cultura corporativa se convertían en índices fríos de acciones de acción social o de marketing social.
¿Qué faltaba? Olfato político. Y es que en las aulas de administración y marketing el tema social y político no tenía cabida. De política se hablaba en el bar no en la clase. Y eso es lo que les faltó a los líderes empresariales que pasaron la barrera del siglo XX. Las sensibilidades sociales, las de los movimientos sociales y los colectivos impulsados por causas, no encajaban en las métricas ni en los procesos de excelencia y seguridad.
Se trataba de otras variables, se abría un nuevo paradigma desde el cual pensar las relaciones con los stakeholders. Y claro, se entendía que la política era sólo la acción partidista o de militancia, cuando la política no se circunscribe sólo a eso, sino a las variables con las que se puede o no hacer negocios, variables como las otras del esquema de análisis FODA –por ejemplo- que determinan las oportunidades y las amenazas y develan las debilidades.
Los comités ejecutivos jamás, o muy pocas veces, habían incluido directores con perfiles sociales que pudieran aportar desde el análisis de lo intangible, de lo simbólico y de lo político (que no partidista) y por ello cerraban los ojos a las estrategias que les habrían hecho la vida mucho más fácil. Y lo que es más importante, les habrían permitido conseguir sus objetivos de negocio.
Aún hoy, las mallas de medición objetivas quieren orientar la gestión del riesgo social y del político. Se han desarrollado poco las herramientas de gestión de lo simbólico y lo intangible, las metodologías de aplicación son poco conocidas y, a veces, de inmediato rechazadas por ser demasiado soft (sistema blando). Una gran carencia que, si se mantiene, seguro costará a empresas nacionales y extranjeras muchos años de adaptación y demasiado desgaste en la resolución de crisis.

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